El amor es un pájaro

El amor es un pájaro

pero también es

                                   el nido

y el aire bajo las alas de ese pájaro

que, a su paso, susurran:

                                               ¡…vuela alto!

MUY FRÁGIL

Miedo a estar viviendo en una caja

en la que pone: MUY FRÁGIL.

Miedo a la caja.

Miedo a quien decidió imprimir MUY FRÁGIL.

Miedo a quien pueda leer MUY FRÁGIL

e irse.

Miedo a quien pueda leer MUY FRÁGIL

y acercarse.

Miedo a una vida incansablemente compleja.

Miedo al cansancio.

Miedo a las dos flechas simétricas

que apuntan hacia mi cabeza.

Miedo a cada puta noche en vela.

Miedo a los armisticios que a mí me huelen a guerra,

miedo a las cumbres subidas sin esfuerzo

por otros,

miedo a no encontrar mis trozos,

miedo a la contractura,

miedo a cuánto duele la empatía

cuando actúa como músculo

insistiendo en sostener todo el peso del mundo.

Miedo a esta colisión de instinto místico

y cultura atea.

Miedo a que el alma no me quepa en el cuerpo,

no me quepa en la caja,

MUY FRÁGIL,

MUY FRÁGIL,

MUY FRÁGIL,

miedo al fantasma que sin piedad me traspasa,

miedo a que rimen “intensa” e “histérica”,

miedo no ya al juicio

(¡qué importa el juicio…!);

miedo

a que tenga razón.

Miedo, muchísimo, pero sin embargo certeza

de que éste no es mundo de fuertes.

De que si yo vivo en una caja

(MUY FRÁGIL, MUY FRÁGIL, MUY FRÁGIL)

es porque no cupe

en la coraza.

Miedo, sí, miedo, pero certeza

de que no es mundo de fuertes,

de que lo que llaman fuerza

(“de dentro”)

es privilegio

(de fuera).

Miedo, sí, pero permiso

a vivirnos con nuestras etiquetas,

MUY FRÁGIL,

MUY FRÁGIL,

MUY FRÁGIL,

a amar estas nueve letras negras

que hoy me hacen escribir este poema,

a amarme aunque nunca jamás lo escribiera,

como amo sin remedio este almacén de almas,

estas cajas con otros mundos dentro

que, igual que el mío, cada día estallan.

12 consejos para dejarte de tonterías y escribir más

1.

En Abacus venden rollos de papel marrón:

20m a 4.75€ (4.20€ si eres socix).

En la jungla de las ideas, las pequeñas

sobreviven a golpe de tacker negro

y piden

colgarse un invierno, quizá tres, de tu salón

como duermen el comino o la canela

en el cajón de las especias:

confiadas, a la espera.

2.

Deja de pagar el wifi,

a ver si con suerte te lo cortan.

3.

Compra en wallapop un móvil lento,

que te exaspere.

Sólo en modo avión

podrás volar alto, y no salvarte.

4.

Escribiendo, vas a complacer a alguien:

escógele bien.

5.

Si lees u oyes algo

que de repente te recuerda

quién eres, guárdalo.

Días vendrán en que será necesario

renovar la sorpresa

de que los centros de todxs

queden tan cerca.

6.

Configura tu ordenador (o tu libreta)

para que al abrirlos ya aparezca,

sola, la carpeta “borrador”.

7.

Cuando no puedas escribir, lee.

8.

Cuando no puedas leer, cocina.

9.

Cuando no puedas cocinar, duerme.

10.

Cuando no puedas dormir, nombra.

11.

Sienta a tus monstruos

alrededor de tu mesa.

Recuerda que las cárceles los vuelven

aún más salvajes, in, in, incapaces

de convivir con la vida, la tuya,

más voraces.

Con paciencia rayana en el amor, enséñales

palabras

lo suficientemente fáciles

para que tus monstruos relaten

quiénes son

y qué les pasa.

12.

Sé muy tacaña,

(no, no, mucho más tacaña,

hasta la extravagancia),

con el tiempo que tengas, y sin culpa:

en la era de la infinita oferta

solo te protege la renuncia.

Mi corazón es como un niño de dos años

Mi corazón es como un niño de dos años

fuerte y temerario.

Entiende “sí”, “no”, “ahora”, “mío”

y el canto de algunos pájaros,

pero no        “espera”,

“contexto”

o “relativamente improbable”.

Mi corazón me mira con esos ojos grandes

y me tira del vestido, lentamente,

y he gastado tanta            energía

en intentar esconderle.

Mi corazón tiene 5 amigos

invisibles, leales:

la pena, que lo aprieta despacito

hasta que chorrea;

la rabia, que habla siempre a gritos

y no tiene dedos ni dientes, creemos

(porque nunca se los hemos visto);

la dicha, que silba bajito

una música tranquila;

el entusiasmo, que lo zarandea

bailando el ritmo que la dicha silba;

y el miedo.

El miedo.

El que se quedó encallado

el día en que el escondite dejó de ser un juego.

Yo he intentado que mi corazón acepte

que cuando hay visitas sus amigos deben irse

educadamente,

que la pena no puede acampar en mi salón,

que el miedo no puede pegar sus chicles

bajo mi mesa,

y la rabia no tiene el derecho que reclama

a manchar una y otra vez las paredes de mi casa.

Le pido que duerma y él

sueña;

le pido que acepte y él

queja;

le pido que olvide y él

berrinche y cancioncilla eterna;

le pido que calle y él

ojos tan grandes, tan grandes;

que no cabe en ellos la intemperie

donde la locura llueve,

“danos espacio, danos espacio”

y la vida no espera

nunca ha esperado

mi corazón no entiende

mi corazón me tira del vestido hacia la luz

y hacia la vida:

“¿no intuyes acaso un gracias

en lo que la dicha silba?”.

Porque la inercia me acelera, y él es lento,

porque el trabajo me endurece, y él es tierno,

porque el mundo me distrae, y él es centro

terco niño de dos años

obstinado en latir del lado de los sueños.

Quiero casarme con esta luz

Quiero casarme con esta luz,

esta súbita certeza de estar vivas,

de que sí, y hoy y siempre.

Quiero que cuando las aristas

del vivir se me atraganten,

algo o alguien me recuerde

que sí, que estuve aquí,

que a veces el milagro

crece hasta abrazar a la injusticia

con delgaditos brazos.

 

Quiero casarme con esta luz, este estar quietas

como si ya nada más hubiera

que arreglar en el mundo ni en nosotras,

como si la lucha no nos perteneciera,

como si la mentira no nos reconociera

y perdiese en sus pulsos con el mundo,

y ya nadie reclamase el aire como suyo.

 

Quiero casarme con esta luz,

y que el dolor siempre tenga sentido,

como las frases con punto y final,

como los párrafos con punto y seguido.

 

Quiero casarme con esta luz, que la cordura

se ensanche para que vivir en ella

no recorte tantas de mis aristas,

quiero sentir que nada en mí le sobra

a la vida, que nada ella le falta,

que no es valiente mirarnos a la cara.

 

Quiero casarme con esta luz, y que el abrazo

de la muerte sea un frío cálido,

quiero saber que al otro lado

lxs míxs, que son todxs, están bien,

que saben que lo hemos intentado.

 

Casémonos, luz, quédate, que las campanas

hagan temblar el orden de las cosas

hagan temblar el nombre de las cáscaras;

y éstas

 

c

aigan

 

de puro viejas, de puro muertas,

como caen las hojas, los cabellos, las ideas

cuando el tiempo implacable grita “¡cambia!”.

Casémonos, luz, y que la música

haga el silencio más ancho

y las voces opacas y sucias

rueden calle abajo, se licúen

y conozcan la afonía en la cloaca.

 

Como si el “deberías” en láminas

dejara

de separarme de mí,

como si lloviera arena sobre esta absurda

carrera de obstáculos y obstáculas

y la casilla de salida ya imprimiera

en todas el derecho de amarnos

y respetarnos en la salud

y en la enfermedad, en el esfuerzo

y en el cansancio, en el pelo

y en el vello, en la arrogancia

y el desespero, en la vileza

y en lo pequeño,

casémonos

sí, quiero,

como si yo misma

fuera a quedarme conmigo

hasta el fin de mis días.

 

Foto de KTphotography

Es hora de odiar a las cosas por su nombre

Marcos, a sus tres años,

ha aprendido a decir una sola palabra:

hijoputa.

Hijoputa.

Hijoputa.

Hijoputa.

Hijoputa.

 

Según el cuarenta y cinco por ciento de las charlas TED

cada individuo es dueño de su propio destino

y el adulto que Marcos será

tendrá libertad absoluta y responsabilidad absoluta

de su éxito

o fracaso.

 

Hijoputa, hijoputa.

 

Como si el sistema fuera neutro.

 

Hijoputa, hijoputa.

 

Como si la sociedad fuera justa.

 

Hijoputa, hijoputa.

 

Como si las víctimas de la violencia estructural,

encima,

tuvieran que soportar el peso de ser verdugos únicos

de su propia desdicha.

 

Sistema, si existes, mírame

y dime que no tienes nada que ver

con la vida de Marcos.

Dime que la carencia tiende a generar paciencia

y no violencia.

Dime que los horarios

(o la falta de ellos)

de sus padres, dime que sus sueldos

(o la falta de ellos)

no le afectan. Dime que los individuos

de tres, quince, o cuarenta y siete años

son immunes

a ti, sistema.

 

Como si existiéramos flotando

sobre una pared de palets blancos

y macetas de Ikea.

 

Es hora de odiar a las cosas por su nombre.

He venido a decirles a los padres de Marcos:

tenéis todo el derecho del mundo

a estar cabreados.

El sistema se ceba con vosotros en una sala de espera

de la clase media

donde no reparten números

desde hace décadas.

 

No os voy a hablar del karma,

no voy a pediros

que respiréis y penséis en positivo

a ver si se os pasa.

 

Porque lo que sentís no es wonderful,

pero sí legítimo.

 

Porque os veo

caminar tensos, como granadas

prietas antes de estallar, oigo la puerta

tras vosotros y el grito,

la metralla,

la abuela que sube a consolarla,

las bolsas de basura siempre en el pasillo con trozos

rotos

de cosas robadas,

y la risa nerviosa de la hermana mayor

en la trinchera fría del balcón.

Y sí, yo entiendo que haya rabia,

pero la rabia ha de servir para crecernos,

hacernos grandes, la metralla

es presa de la gravedad y baja,

de ti a tu mujer, de tu mujer

a la mayor, de la mayor

al mediano y del mediano

al pequeño Marcos.

Hijoputa.

Hijoputa.

Hijoputa.

 

La rabia es una arma cargada:

no disparéis en casa.

 

Merecen esa rabia

quienes dicen que la vida es justa

cuando nombra un ganador:

 

 

“Un día, la rabia saldrá de las casas

de los barrios donde nunca habéis estado,

nos sabremos esclavas y esclavos,

dejaremos de odiar hacia abajo,

y el miedo, ese que enviasteis

para que nos controlara,

cambiará de bando.”

Vértigo viaje

Bajábamos la calle o el puerto o el parque

o las montañas:

la noche, consciente de sí misma de repente,

se acercaba

a corregir nuestro error de ser dos

en un vertiginoso viaje de bajada.

 

 

El día envió hordas de caballos y de hojas

que la lluvia peinaba y los árboles tenían,

y los llamó “caballos” y “hojas”

como un niño mira al día y dice “día”,

 

con el simple idilio de las cosas con su nombre.

En el cuerpo algo brilla

cual la última gota en deshelarse

ante estos simples idilios

 

de cosa y palabra. El instante

en que algo, ya sin la esperanza

de encontrar quien le nombre,

oye de golpe cómo le llaman

 

con el nombre que ya tenía

pero que no encontraba.

La cosa y el nombre dejan de ser dos

en un vertiginoso viaje de subida.

Tengo tantos barcos en tu puerto

 

Tengo tantos barcos en tu puerto.

Zarparon

de mí como quien sale de paseo un día de verano

a comprobar si es verdad

esta luz en el aire, a seguir

la estela de un hermoso pájaro.

Borrachos de víento, éhrrantes

del aire en tu boca que mis velas persiguen, no

han vuelto mis barcos.

 

Siguen allí, en tu puerto.

Salí al muelle a esperarlos.

Tiritando de miedo, ¿era espuma o escarcha

esa neblina blanca del horizonte eterno?

(Tengo tantos barcos en tu puerto.)

Los huecos en el mío son un vértigo,

como si el mar se hundiera

esforzándose por ocultar su vientre en una postura incómoda.

 

Quién sabe qué tormentas,

qué guerras, qué sequías, qué piratas,

¡se tarda tanto tiempo

en convencer de que flota a la madera…!

 

¿Y si tus diques se secan

(¿cuánto duran tus mareas?)

tan despacio

que la arena brilla aún cuando llegas

a rescatar a mis náufragos?

 

¿Y si apagas tus faros en una noche quieta

y emmudecen las olas, y emmudecen los pájaros

y el mar no se atreve a confesarse océano?

 

¿Y si no vale la pena

construir barcos?

 

Cada estrella que guía a los barcos que erran

errando,

cada barco estrellado contra la escollera,

que, estrellado, se hace estrella,

cada naufragio en el mar de la entrega,

que es escama de sal en la piel ya seca

de la noche eterna, estrella,

me recuerda

que nunca hubo flota demasiado pequeña

para este ínfimo

mosquito de tierra.

 

 

Versión anterior del mismo poema:

Magia

Cuando se explica el truco, la magia desaparece.

Emi Pastor e Ibai Abad, Gabriel

Si la magia es el arte de desviar la atención

mientras el mago engaña,

por qué no llamar magia

 

al debate sobre si ese sexo en el metro fue pecado

u escándalo

en vez de debatir si esa chica no estaba

demasiado ebria para decir sí

o decir no, y comprender por fin

que si alguien no es capaz de decir sí

es no.

 

Por qué no llamar magia

a que Europa neoliberadamente gire la cara

al lado trágico del Mediterráneo.

¿Por qué, por qué no llamar magia

a que lo importante de un smartphone

sean los megapíxeles, el precio,

y no las violaciones en masa

en las guerras del coltán?

 

Magia

es que nadie sepa explicarte

cómo se crea un euro de la nada,

magia es que paguemos

intereses por algo que nunca

el banco tuvo antes de prestarte,

magia

es que la deuda supere el dinero que existe

y que devolverla sea matemáticamente imposible

si la magia es el arte de desviar tu atención

mientras te engañan,

por qué, por qué no llamarlo magia.

 

Confieso que temo a los magos.

Les temo cada vez que asumimos como propia la derrota

de no ser capaces de cumplir

de la magia todas las normas:

cada vez que en lugar de error del sistema,

vemos siete mil

millones de derrotas.

 

Porque me temo más

a mí.

Nos temo más

a nosotrxs.

Sí, temo

que los magos nos conozcan demasiado,

temo que lxs espectadorxs de este nefasto espectáculo

no hemos crecido lo suficientemente rápido

para entender los trucos de estos magos,

maldigo mi amor al prójimo siempre insuficiente,

maldigo el sistema que me tiene tan cansada

que cuando termino mi jornada laboral

necesito series,

no análisis.

Porque es muy cansado

a todos los niveles

estar bien informadx.

 

Porque es cómodo

(a este lado del Mediterráneo)

creer en la magia.